Nos enseñaron a sufrir para parecer responsables

Osho, en su libro "Alegria" nos habla de como aprendemos a sufrir desde niños y lo llevamos a las maximas consecuencias como adultos

Desde niños hemos escuchado frases como: «Ponte serio», «La vida no es un juego», «Primero la obligación y después la diversión» o «Tienes que ser responsable». Poco a poco, fuimos asociando la madurez con la seriedad, el esfuerzo con el sufrimiento y la responsabilidad con hacer cosas en contra de nuestra voluntad.

Así aprendimos que una persona adulta y responsable debía vivir preocupada, ocupada y, a ser posible, un poco amargada.

La alegría quedó relegada a determinados momentos: las vacaciones, una celebración, el fin de semana o ese breve instante en el que terminamos una obligación antes de que aparezca la siguiente. Hemos convertido la desdicha en un estado habitual y la felicidad en una visita ocasional.

Lo verdaderamente extraño es que ya ni siquiera nos sorprende.

Osho, en su libro “Alegría”,  afirmaba que, en ocasiones, nos sentimos más cómodos en la desgracia porque el sufrimiento nos proporciona atención, comprensión y reconocimiento. Cuando estamos mal, los demás se interesan por nosotros. Nuestra desdicha nos ofrece un relato, un personaje y hasta una identidad.

Como escribió Osho: «El sufrimiento se ha convertido en tu hogar, y la angustia en tu carácter».

Por eso, abandonar el sufrimiento puede producir vértigo. ¿Quién soy si dejo de preocuparme por todo? ¿Seguiré siendo responsable si disfruto? ¿Pensarán que soy poco profesional si me río en medio de las dificultades?

Nos hemos acostumbrado tanto a rumiar nuestros problemas que, cuando uno desaparece, buscamos rápidamente otro para sustituirlo. No vaya a ser que nos quedemos tranquilos y no sepamos qué hacer con nuestra vida.

Una posible salida consiste en recuperar la capacidad de reírnos de nosotros mismos. Reírnos de nuestras exageraciones, de las películas que construimos y del tiempo que hemos dedicado a alimentar desgracias que nunca llegaron a suceder.

No se trata de negar los problemas ni de vivir permanentemente eufóricos. Se trata de dejar de utilizar el sufrimiento como prueba de responsabilidad.

Quizá madurar no sea volverse más serio. Quizá sea aprender a cumplir con nuestras obligaciones sin renunciar a la alegría.

Porque ser responsable no debería significar dejar de estar vivo.

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